… y sigue conociendo el mundo ¡¡

 Un viaje de cuento ……… http://unviajedecuento.weebly.com/index.html

class=”aligncenter size-full wp-image-1173″ />COMIENZA EL VIAJE.

24 de enero de 2006, con algunas cosas nuevas y otras de toda la vida, salgo de Granada rumbo al África en una bicicleta. En la calle, nadie repara en mí, nadie sabe dónde voy, siquiera yo lo sé. En ese momento no tengo la menor idea de los cientos de amigos que voy a hacer por el camino, de la gente que me va a ayudar en momentos difíciles, que me va a dar agua en el desierto, refugio en tierras inseguras, sonrisas, comida, bienvenidas; la gente que me va a enseñar que este mundo es una maravilla. No sé que voy a ver increíbles lugares, culturas asombrosas, tribus exóticas; ignoro las aventuras que voy a correr, y que en algunas circunstancias se tornarán peligrosas. Ni mi bici ni yo sabemos que vamos a dormir en algunas de las casas más pobres del planeta, también en hoteles de lujo; no sabemos lo mucho que vamos a cambiar…

Atrás dejo una madre y muchos amigos, una vida feliz y cómoda. Una vida que no era la que soñaba cuando era un adolescente. En estos últimos años, por dos veces he estado a punto de romper mi billete de regreso a España estando de vacaciones veraniegas; una en Venezuela, otra en Polonia. No puedo consentirme una tercera, ni puedo seguir escuchando a ese gritón dentro de mí que chilla cada noche, ‘¡ésta no es la vida que me prometiste!’.
Atrás se queda un profesor de instituto, un sueldo fijo para toda la vida, y el paraguas para resguardarme cuando llueva. Me convierto en un trotamundos sin casa, sin capa ni espada, que no sabe dónde va a dormir esta noche, ni lo que espera detrás de la siguiente curva. Pero es la vida que quiero tener, no puedo seguir pagando cada año diez meses a esta sociedad, para vivir durante dos cortos meses la vida que me gusta.
Me voy.

Rumbo al puerto de Algeciras paro en casa de mi madre, de algunos amigos, para decir adiós.
– ¿Cuándo volverás?

– No lo sé. Tal vez dos o tres años, tal vez dos o tres meses. No lo sé.
En Ronda me detiene una nevada durante un par de días. La blanca nieve me recuerda su piel, podría intentarlo una vez más, tal vez seríamos felices, una familia… pero es demasiado tarde, y sin darme cuenta estoy en el ferry a Ceuta, a África. El viento me empuja y hago lo que no puedo dejar de hacer.

 

 

A día de hoy… 24 de febrero de 2012
Sigo en Guadalajara, en la Casa Ciclista. Lontxo acaba de despedirse esta mañana y sigue su viaje al norte. Atrás deja 3 semanas de amistad, buenos momentos compartidos con la comunidad de la Casa, y ahora quedan flotando fragmentos de charlas sobre Bolivia, o el viento de la Patagonia, el frío siberiano; flotan ecos de versos citados de memoria, poemas leídos, títulos aconsejados, discusiones, bromas, puntos de vista diferentes, tortillas de patatas, madrugadas apurando botellas, y alguna frase hermosa (‘En una bicicleta se viaja a una velocidad humana, el mundo está hecho a la medida de una bici’). Lontxo deja sobre la mesa un tequila por acabar… en algún lugar, algún día, amigo.

Sé perfectamente lo que pasa por su cabeza ahora mientras pedalea: la alegría de recuperar la libertad y la amargura por dejar atrás el corazón. Un ying-yang que necesariamente hay que asumir y aprender a sobrellevar sin dualidad alguna. Pero hoy descubro lo que pasa por dentro de quien se queda, de quien ve marchar a la bicicleta alrededor del mundo: la alegría de verle seguir viviendo su sueño de caminante y la amargura de ver que no está ahora aquí.

Ni una hermosa colombiana ha podido retener a una auténtica alma del camino (‘Yo estoy enamorado del viaje’, me dijo 5 años atrás en el Congo y todavía mantiene esa pasión), ni la maravillosa comunidad de GDL en bici que cada noche traía un ‘mañana vamos a cenar unas carnitas, Lontxo, no puedes irte’ o ‘el domingo hay una marcha caminando para concienciar del abuso del coche, tienes que quedarte’. Finalmente, ayer noche un concierto de Luz Casal se convirtió en la despedida: ‘Te dejé marchar’ fue la última canción, como si la pasión de Luz hubiera percibido su partida.

Una despedida es la promesa de volverse a encontrar, y en esta ocasión la vivo desde quien se queda. Buena suerte, amigo, algún día, en algún lugar.

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